Hoy al abrir el Google, nos sale este precioso dibujo:
con ocasión del cumpleaños de Ramón Gómez de la Serna, (3 de julio de 1888).
Ramón - por antonomasia- es uno de nuestros más geniales y excéntricos poetas. Desde luego, ya quisieran algunos poder presumir de haber dictado una conferencia subido a lomos de un elefante o desde lo alto de un trapecio.
La greguería es la principal herencia literaria de Ramón. Posiblemente es un género poético que ha ganado aceptación con el paso del tiempo. En nuestro aceleradísimo siglo XXI de taquicárdicos twitter y eslóganes ocurrentes, incluso los sonetos se hacen demasiado largos. (Ya lo dijo aquella impagable locutora: "Bueno, bueno, lea usted su soneto... pero que sea cortito".)
Los haikus con sus tres líneas epigramáticas han sido cultivados por autores tan diversos como Mario Benedetti y Federico Jiménez Losantos. Pero eso de hacer un poema de una sola línea... amigos, eso es casi exclusivo de Ramón. Bueno, y de algunos creativos publicitarios. Que no resultan tan geniales ni aunque se suban a media docena de elefantes.
Aquí les dejo con un Powerpoint cargado de greguerías. Felicidades, Ramón.
Les recomiendo también que visiten esta interesantísima web dedicada a Ramón Gómez de la Serna : www.ramongomezdelaserna.net
Para los que tengan aún dudas sobre su futuro universitario, una alternativa razonable: Haz una ingeniería industrial. Dicho de otro modo: Hazte industrial.
Me llega un correo electrónico de un buen amigo con la transcripción de un artículo de nuestro viejo conocido Arturo Pérez-Reverte, originalmente publicado el 15 de noviembre de 1998 en “El Semanal”. Si en su momento pudo parecer extremadamente agorero, la realidad actual ha confirmado – en todo o en parte - sus vaticinios. Oportunamente lo han rescatado de la hemeroteca los responsables de XLSemanal (hace ya algunos meses, no se crean), desde cuya página el artículo ha ido repicándose de blog en blog y de mail en mail por toda la blogosfera. Por mí que no quede. Este es el artículo; después lo comentaré.
Los amos del mundo (1998)
Usted no lo sabe, pero depende de ellos. Usted no los conoce ni se los cruzará en su vida, pero esos hijos de la gran puta tienen en las manos, en la agenda electrónica, en la tecla intro del ordenador, su futuro y el de sus hijos. Usted no sabe qué cara tienen, pero son ellos quienes lo van a mandar al paro en nombre de un tres punto siete, o un índice de probabilidad del cero coma cero cuatro. Usted no tiene nada que ver con esos fulanos porque es empleado de una ferretería o cajera de Pryca, y ellos estudiaron en Harvard e hicieron un máster en Tokio, o al revés, van por las mañanas a la Bolsa de Madrid o a la de Wall Street, y dicen en inglés cosas como long-term capital management, y hablan de fondos de alto riesgo, de acuerdos multilaterales de inversión y de neoliberalismo económico salvaje, como quien comenta el partido del domingo. Usted no los conoce ni en pintura, pero esos conductores suicidas que circulan a doscientos por hora en un furgón cargado de dinero van a atropellarlo el día menos pensado, y ni siquiera le quedará el consuelo de ir en la silla de ruedas con una recortada a volarles los huevos, porque no tienen rostro público, pese a ser reputados analistas, tiburones de las finanzas, prestigiosos expertos en el dinero de otros. Tan expertos que siempre terminan por hacerlo suyo. Porque siempre ganan ellos, cuando ganan; y nunca pierden ellos, cuando pierden.
No crean riqueza, sino que especulan. Lanzan al mundocombinaciones fastuosas de economía financiera que nada tienen que ver con la economía productiva. Alzan castillos de naipes y los garantizan con espejismos y con humo, y los poderosos de la Tierra pierden el culo por darles coba y subirse al carro. Esto no puede fallar, dicen. Aquí nadie va a perder. El riesgo es mínimo. Los avalan premios Nóbel de Economía, periodistas financieros de prestigio, grupos internacionales con siglas de reconocida solvencia. Y entonces el presidente del banco transeuropeo tal, y el presidente de la unión de bancos helvéticos, y el capitoste del banco latinoamericano, y el consorcio euroasiático, y la madre que los parió a todos, se embarcan con alegría en la aventura, y meten viruta por un tubo, y luego se sientan a esperar ese pelotazo que los va a forrar aún más a todos ellos y a sus representados. Y en cuanto sale bien la primera operación ya están arriesgando más en la segunda, que el chollo es el chollo, e intereses de un tropecientos por ciento no se encuentran todos los días. Y aunque ese espejismo especulador nada tiene que ver con la economía real, con la vida de cada día de la gente en la calle, todo es euforia, y palmaditas en la espalda, y hasta entidades bancarias oficiales comprometen sus reservas de divisas. Y esto, señores, es Jauja.
Y de pronto resulta que no. De pronto resulta que el invento tenía sus fallos, y que lo de alto riesgo no era una frase sino exactamente eso: alto riesgo de verdad. Y entonces todo el tinglado se va a tomar por saco. Y esos fondos especiales, peligrosos, que cada vez tienen más peso en la economía mundial, muestran su lado negro. Y entonces, oh prodigio, mientras que los beneficios eran para los tiburones que controlaban el cotarro y para los que especulaban con dinero de otros, resulta que las pérdidas, no. Las pérdidas, el mordisco financiero, el pago de los errores de esos pijolandios que juegan con la economía internacional como si jugaran al Monopoly, recae directamente sobre las espaldas de todos nosotros. Entonces resulta que mientras el beneficio era privado, los errores son colectivos, y las pérdidas hay que socializarlas, acudiendo con medidas de emergencia, con fondos de salvación para evitar efectos dominó y chichis de la Bernarda. Y esa solidaridad, imprescindible para salvar la estabilidad mundial, la paga con su pellejo, con sus ahorros y a veces con su puesto de trabajo Mariano Pérez Sánchez, de profesión empleado de comercio, y los millones de infelices Marianos que a lo largo y ancho del mundo se levantan cada día a las seis de la mañana para ganarse la vida.
Eso es lo que viene, me temo. Nadie perdonará un duro de la deuda externa de países pobres, pero nunca faltarán fondos para tapar agujeros de especuladores y canallas que juegan a la ruleta rusa en cabeza ajena. Así que podemos ir amarrándonos los machos. Ése es el panorama que los amos de la economía mundial nos deparan, con el cuento de tanto neoliberalismo económico y tanta mierda, de tanta especulación y de tanta poca vergüenza.
El curso acabó; las últimas semanas han ido a un ritmo endiablado y no han sido sencillas ni para alumnos ni para profesores. Desgraciadamente hace casi tres meses que no actualizo el blog. ¡Ya hemos tenido suficiente lío en clase! El curso se ha acabado, inevitablemente.
Estas últimas tardes, con las últimas correcciones, últimas calificaciones, se me están haciendo largas. También son mis últimos días en el IES Alkala Nahar, pues el próximo curso lo comenzaré en otro instituto de Alcalá.
Casi siempre me sorprende el verano cuando llega, igual que al personaje de una de mis canciones preferidas: Azzurro, de Paolo Conte. Todo el año esperando, y de repente, aquí está, con sus largas tardes de blues y una sensación – para mí - de desconcierto...
AZZURRO (Paolo Conte)
Cerco l'estate tutto l'anno
e all'improvviso eccola qua.
Lei è partita per le spiagge
e sono solo quassù in città,
sento fischiare sopra i tetti
un aeroplano che se ne va.
Azzurro, il pomeriggio è troppo azzurro
e lungo per me.
Mi accorgo di non avere più risorse, senza di te,
e allora io quasi quasi prendo il treno e vengo, vengo da te,
ma il treno dei desideri nei miei pensieri all'incontrario va.
Busco el verano todo el año/ y de repente, aquí está./ Ella se ha largado a las playas/ Y estoy solo aquí arriba en la ciudad. / Siento silbando sobre el tejado/ un aeroplano que se va hacia allá.
Azul (= blue = melancólico), / la tarde es demasiado azul / y larga para mí./ Me noto/ como carente ya de recursos/ sin ti/ y entonces/ yo casi casi tomo el tren/ y voy, voy hacia tu casa/ pero el tren de los deseos/ circula en sentido contrario a mis pensamientos.
No hace mucho, volví a ver a uno de mis profesores del bachillerato. Cuando me dio clase era joven, y por tanto sigue en activo. Lo recuerdo bien: era duro, pero buen enseñante, y los resultados que obtenía del alumnado podían considerarse bastante dignos. No era de esos docentes que se complacen en cargarse a toda la clase, con lo que más bien confirman su incapacidad para transmitir el conocimiento. Exigía, pero antes de hacerlo daba, y aprobaba siempre a más de la mitad.
Me contaba que días atrás había estado haciendo limpieza en el departamento y salieron de entre los papeles un montón de exámenes antiguos. Todos ellos suspendidos, y guardados en previsión de una posible reclamación por parte del alumno. A alguno le echó un vistazo y le extrañó lo que encontró. Porque aquellos ejercicios puntuados con un tres o con un dos eran en muchos casos mejores que los que ahora califica con aprobado y hasta bastante por encima del cinco. Comprobó, así, cuánto había bajado el listón de su exigencia. E indirectamente, añade éste que recoge y cuenta su pequeña historia, cómo se ha deteriorado el nivel de conocimientos de los alumnos que están en los cursos superiores de la enseñanza secundaria, es decir, los universitarios de ya mismo.
Pero este retroceso tan dramático en el curso de apenas una generación, que debería ser una de las máximas frustraciones de una sociedad (y más de la nuestra, donde el déficit de formación nos pasa la penosa factura de un bajo nivel de innovación y una baja productividad, que nos dejan sobreexpuestos e inermes frente a las coyunturas adversas como la que ahora tenemos encima), no parece importarle a nadie. El debate educativo en este país se centra, como es lógico, en otras cosas más perentorias y trascendentales, a saber: 1. Si debe ser extirpada del sistema o privilegiada más o menos tal o cual lengua de las que aquí se hablan (cuando parece que lo sensato, sin darle muchas más vueltas, sería que todas tuvieran garantizada una presencia acorde con la demanda social de sus hablantes). 2. Si deben transmitirse a los alumnos unos contenidos éticos de tal o cual orientación (cuando diríase que con enseñarles la historia del pensamiento moral y los valores constitucionales, sin más decoración ni exégesis, debería bastar y no habría de ofender a nadie). 3. Si las aulas deben convertirse en centros de adoctrinamiento religioso financiado por el contribuyente y respaldado por la coacción de una nota computable que induzca al prosélito a tomarse en serio la adquisición de la fe en cuestión (cuando las creencias religiosas, como asunto privado y personal que son, más bien demandan su cultivo y aliento en el entorno familiar y particular de cada cual, sin perjuicio de que todos tengan oportunidad de familiarizarse con aquello que de las religiones constituye acervo cultural de la comunidad).
De que los chavales sepan cada vez menos, en cambio, nadie se preocupa. No hay manifestaciones, ni objeciones de conciencia, ni ásperos debates. A lo mejor es que la ignorancia a todos conviene.
El sábado a la noche, en vez de ir al cine, me fui otra vez a la clase… No era el único profesor en la sala; claramente se notaba que casi un tercio de los espectadores pertenecían al gremio docente.
Se trata de una película francesa, a medias entre el documental “reality” y el drama de ambiente escolar. En cuanto a realismo, no se le puede pedir más: está interpretada no por actores profesionales, sino por profesores y estudiantes que en la mayoría de los casos encarnan se interpretan a ellos mismos, conservando incluso su propia identidad, como atestiguan los créditos finales.
Por otra parte, no hay ni rastro del optimismo buenista que suele edulcorar las películas de tema educativo: Los chavales, por muy víctimas que sean, no se esfuerzan ni por aprender, ni por convivir, ni por ser simpáticos. Los profesores son unos pobres diablos estresados que lidian como pueden con una tarea más bien ingrata, y, claro, a veces se pasan “un huevo”. La junta directiva está más preocupada por la máquina de café que por los problemas reales de alumnos y profesores. Los padres – agobiadísimos por sus propios apuros socioeconómicos – parecen mostrar un escaso interés por la educación académica de sus hijos y no se dan cuenta de lo que les sucede ni cuando ya es demasiado tarde. La escuela no atiende a las necesidades reales de los alumnos multirraciales, está desprovista de suficientes medios y más que lugar de educación es un depósito de adolescentes a la espera de no saben qué.
“Troppo vero”, demasiado realista. No hay fórmulas mágicas de la Escuela de Hogwarths, ni terrones de azúcar de Mary Poppins, ni siquiera la transfiguración mediante la literatura que podían lograr los egregios profesores Sydney Poitiers (de Rebelión en las Aulas) o Robin Williams (de El club de los poetas muertos). No aparece en la película ni una sola navaja o pistola, pero el espectador abandona la sala muy impresionado, con graves reflexiones sobre lo que sucede en los institutos de nuestra sociedad europea. Porque, matiz arriba o abajo, el liceo parisino retratado no es muy diferente de los IES de Alcalá de Henares o de Alcalá de Guadaira.
Este es el mérito de La clase: colocar un espejo veraz en un aula y llegar al espectador con mayor intensidad de lo que lo pueden hacer los telerreportajes de Callejeros o España Directo. Se ha dicho de ella, negativamente, que es antipedagógica, que no ofrece soluciones. No seré yo quien lo niegue, pero es que la función del cine, de la literatura o del periodismo no es proponer soluciones, sino despertar inquietudes.
Para alcanzar este resultado, el director Laurent Cantet ha tenido que echar mano de una buena planificación, sacando todo el partido de la cámara en el claustrofóbico espacio del aula, y de unos diálogos muy medidos que condensan todos los agobios que viven alumnado y profesorado. Los muchachos están perfectos en sus interpretaciones: no siempre es fácil representarse a uno mismo y resultar espontáneo. Menos afortunado el profe prota, (François Begaudeau, profesor y autor de un libro que ha inspirado la película) que a veces resulta demasiado distante en su papel.
No hay aparentemente argumento o trama, salvo el resumen acelerado de lo que hacemos en los nueve meses de un curso que a todos se nos pasan volando. Los personajes no parecen cambiar y sobreviven en un permanente estado de aburrimiento o perplejidad. Y sin embargo no se hace larga. Real como la vida misma.
Es conmovedora la interpretación de la muchacha que al final de la cinta afirma llorosa no haber aprendido nada durante el curso, a diferencia de sus compañeros. Ojalá que a nadie le pase nunca más lo mismo que a esta víctima silenciosa.
Hoy estuvimos comentando en clase el sistema de citas Harvard, que es necesario emplear en nuestro próximo trabajo sobre La Celestina.
En todos los trabajos académicos de nivel de Bachillerato o Universidad se hace necesario incorporar citas tomadas de libros o fuentes escritas, que se emplean como apoyo o justificación de la investigación.
Pero al mismo tiempo es obligatorio diferenciar claramente entre lo que el estudiante redacta y las citas de otros autores, y también hay que identificar las páginas de donde se ha tomado la referencia, a efectos de su comprobación.
Anteriormente esto solía resolverse mediante notas a pie de página, que dificultaban mucho tanto la redacción como la lectura del trabajo. Como solución sencilla, práctica y rápida se emplea el sistema de citas Harvard, que toma su nombre de la universidad estadounidense donde se popularizó.
El sistema Harvard presenta las citas dentro del texto del trabajo, utilizando tres datos fundamentales: Apellido del autor, año de publicación y página.
Ejemplos de presentación de citas con el sistema Harvard:
1. Cita con palabras textuales tomadas directamente de la fuente.
En opinión de Dámaso Alonso (1962:519), Quevedo es “el más alto poeta de amor de la literatura española”.
2. Cita con parafraseo, en la que se resumen las ideas del texto original. Jauralde (1999: 899-924) ha estudiado con detalle el desarrollo de la enemistad entre Quevedo y Góngora, que parece haberse iniciado por los celos del cordobés sobre el joven Francisco, quien imitaba los poemas gongorinos ridiculizándolos.
Por supuesto, es necesario incluir los títulos completos de los libros consultados en la BIBLIOGRAFÍA al final del trabajo.
El listado de referencias debe ordenarse alfabéticamente por el apellido del autor. Los títulos de los libros se destacan con letra cursiva o itálica.
El orden de los datos es el siguiente: Apellido del autor, Inicial del nombre del autor, (año de publicación de la primera edición). Título del libro. Ciudad de publicación. Editorial.
Las fuentes de las dos citas anteriores son:
Alonso, D. (1962). Poesía española. Madrid, Gredos.
Jauralde Pou, P. (1999). Francisco de Quevedo. Madrid, Castalia.
IES Doctor Marañón-, Alcalá de Henares, Madrid, Spain
Intento ser el mejor profesor porque mis estudiantes se lo merecen: Vosotros sois los mejores estudiantes y venís cargados de sueños y de futuro. Aprovechad el tiempo: Carpe Diem!